Revisión semana 03/2026 · Procrastinación técnica

Esta semana ha sido una semana bastante desperdiciada para mis objetivos, no por curiosidad, aburrimiento o falta de energía —como suele suceder—, sino por algo mucho más concreto y, vistas las consecuencias, más revelador.

Ruido en mi sistema

El lunes me percaté de un pequeño detalle: Lutris no “ejecuta juegos”, sino que crea y gestiona un entorno Windows por juego. Aunque esto no era en sí un problema mientras no hubiese limitaciones de espacio, no me gusta este tipo de dispendio. Probablemente influye que mi primer equipo (Sinclair ZX81) solo tenía 1 kB de memoria y me gusta mantener los recursos controlados.

El problema no era el juego en sí, sino la complejidad que añadía al sistema.

Decidido: separar Windows de Linux

Ante esta situación se me abría un proyecto que, en principio, parecía razonable: separar el mundo de los wargames del sistema Linux, disponiendo de un Windows dedicado exclusivamente a ello. A mi modo de ver, esto ayudaría a mantener el foco en cada momento y me permitiría no contaminar Fedora, el sistema que uso para pensar, escribir y producir.

Conviene recordar el contexto: mi sistema de trabajo es Fedora Linux y estoy centrado en dos aspectos fundamentales: hacer seguimiento de mis tareas y objetivos, y crear contenido para este sitio. Aparte de eso, hay otras funciones, como usarlo para mis partidas de wargames, para lo que venía utilizando Lutris, ya que los juegos que utilizo son los de John Tiller (nativos de Windows).

Mi primera idea era simple: aprovechar un disco NVMe externo para instalar ese Windows. Sin embargo, esto no encaja bien con las limitaciones impuestas por Microsoft y obliga a recurrir a soluciones complejas. Como soy cabezota y la idea ya se me había metido en la cabeza, el siguiente paso lógico fue recurrir a una instalación dual boot, algo que parecía relativamente sencillo y resoluble en dos o tres horas. Craso error.

Error de enfoque

Mi primera equivocación fue considerar el dual boot como una instalación más, cuando no lo es. El dual boot implica una arquitectura específica y, si —como es mi caso— no se domina bien qué es y cómo funciona la EFI, cómo se relaciona con la BIOS y los distintos gestores de arranque, y si además no se valora un hecho fundamental —*Windows no es Linux y la libertad del usuario está lejos de sus prioridades*—, el proceso se complica rápidamente. Nada ayuda: desde su pseudo arranque rápido hasta su forma de gestionar el reloj del sistema.

Eso lo tenía claro, documentado y preparado, por lo que la instalación de Windows no dio problemas. Hacer que compartiese el sistema con Linux fue otra historia.

La primera instalación de Fedora no pareció dar ningún problema: elegí que usase el espacio libre del disco y la instalé. Sin embargo, aunque la BIOS mostraba otra opción de arranque, el sistema arrancaba siempre Windows.

Comprobando qué había hecho Fedora con el disco, estaba claro que había seguido el patrón recomendado: usar la partición EFI de Windows y colocar el resto del sistema en el espacio libre.

En ese punto apareció el distro hopping . Me pudo la curiosidad y opté por probar la instalación de algunas de mis distros habituales (Arch, Tumbleweed, Debian) para ver cómo resolvían la situación. El resultado fue desigual: salvo Debian, ninguna funcionó correctamente junto a Windows.

Esto me dejó en una situación incómoda. Debian, aunque sigue siendo una de mis distribuciones de referencia, prioriza un enfoque más conservador, y algunos elementos que hoy considero importantes —como el uso de Btrfs— no forman parte de su eje principal. Eso no era un problema pero me sacaba del camino hacia mis objetivos actuales.

Al final, por vehemencia, me había metido en un lío que rompía mis propósitos de año nuevo y me había sacado completamente de mi plan de trabajo. En resumen, había caído en un error básico que contradice uno de mis principios:

Solucionar un problema creando otro mayor nunca es el camino.

A partir de ahí se abrían dos caminos:

  • Volver a Fedora con el disco totalmente dedicado y posponer el tema de Windows en externo.
  • Solucionar correctamente el arranque de Fedora en dual boot.

Aunque el camino más simple habría sido el primero, opté por el segundo. En este momento estoy inmerso en dos partidas y el respeto a los oponentes me obliga a mantener una cadencia de respuestas aceptable, lo que no deja mucho margen a experimentos prolongados.

Al final he terminado la semana con el sistema funcionando, aunque con la sensación extraña de que Fedora, usando una partición EFI diferente a la de Windows, arranca con GRUB en lugar de systemd-boot.

Reinstalar como procrastinación técnica

La conclusión incómoda es que, para mí, reinstalar es una forma muy sofisticada de procrastinación. Me aporta la sensación de que hago y controlo algo, crea una falsa impresión de avance, pero en realidad solo cambia el escenario.

Retocar el sistema es fácil. Crear y avanzar, no tanto.

La vuelta a Fedora no ha sido una cuestión de nostalgia, sino una decisión funcional, coherente con mi objetivo de mantener esta distro como base durante todo el año y conocerla a fondo. Estoy convencido de que permanecer en un entorno conocido reduce la fricción, incluso cuando aparecen problemas complejos. La clave está en identificar bien el problema real y dar pasos hacia los objetivos.

Aprendizaje y acción

Los aprendizajes de esta semana parecen claros:

  • Optimizar el sistema puede ser una forma de evitar trabajar.
  • Necesito profundizar en las funciones y el funcionamiento real del sistema EFI.
  • Salirme de mi plan de trabajo no me hace avanzar; necesito establecer un plan diario de acción que me mantenga orientado.
  • Las pruebas de opciones de instalación no deben hacerse en el sistema real, sino en entornos virtuales.

Termino la semana satisfecho de haber puesto en práctica esta idea de la revisión y de ir desenmascarando algunos de mis malos hábitos.